Italia, Salud, Defensa, Historia

Mar 7 Octubre, 2008 at 5:36 pm (Educacion y Cultura) (, , , , )

Republica de la India, Gobierno, Economia, Politica, Geografia, poblacion

5.6  Salud y bienestar social

En 1980 fue establecido el servicio de salud público cuyo objeto era la asistencia médica gratuita a todos los ciudadanos. En 2006 cada médico atendía a 270 personas y se disponía de una cama de hospital para cada 227 habitantes. La Seguridad Social, financiada en su mayor parte por los empresarios, se hizo extensiva a los discapacitados y las personas mayores de edad, así como a los pensionistas, agricultores, obreros agrícolas en paro y aprendices. En 2008 la esperanza de vida era de 83 años para las mujeres y de 77 para los hombres. La tasa de mortalidad infantil era de 6 por cada mil nacimientos.

5.7  Defensa

Las Fuerzas Armadas han experimentado un gran crecimiento tras la adhesión del país a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1949. En 2004, las Fuerzas Armadas contaban con 191.875 personas, de las cuales 112.000 integraban el Ejército de Tierra; 34.000, la Marina; y 45.875, las Fuerzas Aéreas. El servicio militar tiene carácter obligatorio para los hombres y su duración es de un año.

6  HISTORIA

Para el periodo de la historia de Italia anterior al siglo V, véase Antigua Roma. Para información adicional sobre el desarrollo de la Italia moderna, véase Civilización etrusca, Florencia, Génova, Lombardía, Milán, Nápoles, Estados Pontificios, Casa de Saboya, Sicilia, Toscana y Venecia.

6.1  La edad media

En el 476 Odoacro, rey de los hérulos, depuso a Rómulo Augústulo, el último emperador de Occidente, y se hizo con el poder. En el 488, Teodorico, rey de los ostrogodos, invadió Italia y, tras derrotar y asesinar a Odoacro, se proclamó soberano absoluto. Su reinado se prolongó hasta su muerte, ocurrida en el 526. Justiniano, emperador de Oriente (véase Imperio bizantino), encargó al general Belisario que expulsara de la península Itálica a los invasores germánicos. El terrible conflicto que siguió finalizó en el 553 con la muerte de Teias, el último de los reyes godos. No obstante, el dominio de Bizancio fue breve, ya que en el año 572 los lombardos, otro pueblo germánico, invadió la península. Su rey, Alboíno, fijó la capital del reino en Pavía, y desde allí inició una serie de campañas con las que se hizo con el control de los enclaves bizantinos, excepto la zona sur de la provincia y el exarcado de Ravena, en el norte.

6.1.1  Conflictos religiosos

Tras la muerte de Alboíno en el 572, se produjo un vacío de poder que propició la unión de distintos grupos bajo el mando de un líder regional llamado duci. Los lombardos, como anteriormente los godos, abrazaron el credo herético denominado arrianismo, que originó continuos enfrentamientos religiosos con los habitantes nativos del país, que mayoritariamente profesaban el catolicismo. El conflicto adquirió mayor intensidad cuando los papas vieron incrementado su poder. Finalmente, la conversión a la fe católica del rey lombardo Agilulfo (reinó entre 590-615) trajo consigo un periodo de relativa calma. Los lombardos, que pretendían consolidar su poder político, empezaron a hacer incursiones en territorio papal, e incluso amenazaron a Roma, el centro del poder eclesiástico. En el 754 el papa Esteban II pidió ayuda a los francos, convertidos a la fe católica un siglo antes. Bajo el fuerte liderazgo de Pipino el Breve y posteriormente su hijo, Carlomagno, los francos derrotaron a los lombardos y depusieron a su último rey en el 774. El día de Navidad del 800, el papa León III coronó a Carlomagno como emperador de Occidente.

Cuando en el siglo IX los sarracenos conquistaron Sicilia y amenazaron con conquistar Roma, el papa León IV pidió ayuda a Luis II, nieto de Carlomagno, que detuvo el avance de los invasores. Sin embargo, tras la muerte del rey Luis II, consiguieron hacerse con el poder en el sur de Italia y obligaron a los papas a pagar tributos. A partir de entonces, y durante mucho tiempo, la historia de Italia es una sucesión de coronaciones y caídas de reyes sin importancia, entre ellos Guido II, Berengario I y Hugo de Provenza. Este periodo de anarquía finalizó en el 962, cuando Otón I el Grande, rey de Germania, se hizo con el poder en el norte de Italia y con la corona lombarda y se hizo coronar emperador por el papa Juan XII. El hecho es considerado por muchos como el nacimiento de la nación germana y la fundación del Sacro Imperio Romano Germánico.

6.1.2  El enfrentamiento entre el Papado y el Sacro Imperio Romano

Hasta el fin de la edad media, los emperadores del Sacro Imperio Romano proclamaron, y ejercieron, en distintos grados, la soberanía sobre toda Italia; sin embargo, por motivos prácticos la autoridad imperial se había convertido en simbólica a comienzos del siglo XIV. Mientras tanto, el sur de Italia había permanecido bajo la influencia bizantina y lombarda. En el siglo XI, los normandos acabaron con el poder bizantino y expulsaron a los lombardos, y en 1127 unieron los territorios que habían conquistado con Sicilia, arrebatada a los sarracenos. Estos acontecimientos coinciden con un cierto resurgir de la autoridad papal, que durante mucho tiempo había estado velada por la autoridad de los emperadores. Los enfrentamientos entre el Imperio y el Papado alcanzaron su punto de máxima tensión en la Querella de las Investiduras. Tras el Concordato de Worms (1122), el emperador delegó en los cardenales el derecho a elegir al papa. Al tiempo que se fortalecía la influencia del Papado, se hacía cada vez más patente la oposición al continuado poder ejercido por los emperadores, que se manifestaba en las cada vez más numerosas ciudades-estados. En la península, el feudalismo no había logrado implantarse tan sólidamente como en Francia y Alemania. Su relativa debilidad se debía en gran parte a la supervivencia de las tradiciones romanas y a la existencia de un gran número de ciudades que impedían la extensión del sistema feudal, eminentemente rural. La ciudades del norte desafiaron el poder del emperador Federico I Barbarroja, quien luchó en numerosas guerras contra ellas. Finalmente, en 1167 se creó la Liga Lombarda, una alianza de ciudades italianas, que en 1176 derrotó al emperador en Legnano; en 1183, con la firma de la Paz de Constanza, las ciudades del norte de Italia aseguraron su independencia. El emperador Federico II hizo un último e infructuoso intento de vencer al Papado y a sus aliados. Italia se encontraba dividida por las luchas entre los partidarios del emperador, los güelfos, y sus adversarios, los gibelinos.

Mientras tanto, en 1266, la Italia meridional y la isla de Sicilia pasaron a ser posesión de la Casa de Anjou, hasta que en 1282 los sicilianos se liberaron de la dominación francesa y aceptaron la autoridad de Aragón. Véase Vísperas Sicilianas.

6.1.3  El ascenso de las ciudades-estado

Gracias a la actividad comercial desarrollada en algunas ciudades del norte de Italia, estas habían experimentado un crecimiento que les había permitido crear gobiernos oligárquicos que poco a poco se hacían más democráticos. Los ricos mercaderes de estas ciudades, una vez asegurada su independencia frente a la autoridad de los gobernantes del Sacro Imperio Romano Germánico, comenzaban a cuestionarse la autoridad de la nobleza. Con el tiempo, los nobles fueron despojados de su autoridad y obligados a abandonar sus inmensas propiedades. Venecia, gracias a su participación en la cuarta Cruzada, había conseguido posesiones ingentes en el Imperio bizantino y había desarrollado un imperio comercial a gran escala. Pisa, Génova, Milán y Florencia también se habían hecho poderosas. Entre Génova y Venecia se desencadenó muy pronto una dura lucha por el poder, que acabó con la victoria de los venecianos a finales del siglo XIV.

En las ciudades de la Italia septentrional y central perduraban los conflictos entre güelfos y gibelinos. El carácter de los primeros, más progresista, chocaba con la actitud más conservadora de los segundos, lo que daba lugar a continuos enfrentamientos entre ambos grupos, que acababan a menudo con el destierro del grupo perdedor. En ocasiones, el grupo desterrado intentaba hacerse nuevamente con el poder con la ayuda de otras ciudades, de modo que esto daba lugar a una continua sucesión de alianzas, conquistas y treguas. La situación tenía consecuencias muy negativas para el comercio y la industria de las ciudades del norte. Para intentar solucionarla se creó la figura del ‘magistrado jefe’ con objeto de hacer de mediador entre las distintas partes en conflicto. Sin embargo, a causa de su ineficacia se convirtió en un simple agente judicial. El puesto de gobernante pasó entonces a ocuparlo un ‘capitán del pueblo’, que representaba al grupo dominante y era ejercido normalmente por un noble. La población, que anhelaba hacía mucho tiempo la paz, accedió al establecimiento de una autoridad centralizada. De esta forma, en todas las ciudades pasó a gobernar un déspota, cuyo cargo en muchas ocasiones llegó a ser hereditario, como ocurrió con algunas familias de nobles, entre ellas los Scala, en Verona; los Este, en Ferrara; los Malatesta, en Rímini; y los Visconti, y más tarde los Sforza, en Milán. Bajo la autoridad de los déspotas, las ciudades prosperaron, el lujo invadió el modo de vida y florecieron la literatura y las artes. Las ciudades más pequeñas, con el paso del tiempo, quedaron bajo la influencia de las más poderosas.

6.1.4  Periodo de prosperidad

A mediados del siglo XV Italia disfrutaba de un periodo de prosperidad y relativa calma. Su posición era de clara superioridad intelectual sobre el resto de los países europeos como motor del gran movimiento cultural conocido como renacimiento. En este resurgir de la cultura, la región de Toscana desempeñó un papel de primer orden; de ella salieron figuras tan importantes como el gran poeta Dante Alighieri y el pintor Giotto. Pero casi a finales del siglo, Italia se convirtió en el escenario de las guerras que enfrentaron a Francia, España y el Imperio y que se resolvieron con el dominio de España y los Habsburgo austriacos. En 1494 Carlos VIII, rey de Francia, intentó conquistar el reino de Nápoles, que pertenecía a la Corona de Aragón. El duque de Milán, Ludovico Sforza y los ciudadanos de Florencia, que no estaban conformes con la autoridad ejercida por la familia Medici, persuadieron al rey Carlos, que invadió Italia, ocupó Nápoles y firmó un tratado con Florencia que estipulaba la expulsión de los Medici, así como la sumisión del Papa. Sin embargo, España, el Papado, el emperador y las ciudades de Venecia y Milán se aliaron contra él y expulsaron de Nápoles a Carlos VIII. Esta incursión de Francia en la península italiana no tuvo consecuencias políticas de importancia, aunque sí culturales, ya que supuso la difusión de la cultura italiana por todo el continente europeo.

6.2  La edad moderna y el comienzo de la edad contemporánea

Durante el siglo XVI los Estados italianos fueron presa de otros países. En 1499, Luis XII, rey de Francia y sucesor de Carlos VIII, conquistó Milán. En 1501, Fernando II el Católico, rey de Sicilia desde 1468, unificó en una única corona los reinos de Nápoles y Sicilia.

La rivalidad entre el emperador Carlos V y Francisco I, rey de Francia, provocó una nueva invasión francesa de Italia en 1524. A pesar de la ayuda de aliados florentinos, genoveses y venecianos, la invasión terminó resultando un fracaso. Con la firma de la Paz de Cambrai (1529) el rey Francisco I renunciaba a todas sus pretensiones sobre el territorio italiano, y aunque en la década de 1540 intentó nuevamente reanudar el conflicto, no pudo socavar la hegemonía del emperador Carlos V en Italia. Cuando en 1535 la familia Sforza perdió el control de la ciudad de Milán, el emperador se hizo también con el control del ducado, por lo que el Milanesado fue una posesión española durante casi doscientos años. Sólo Génova y Venecia conservaron su poderío de entre todos los Estados italianos. El último gran logro de Venecia fue la conquista del Peloponeso en 1684, que perdió en 1715.

Durante el siglo XVIII, Italia continuó dividida y bajo el dominio de las potencias extranjeras. Hasta 1748 fue el escenario de las guerras de sucesión europeas en las que se redefinió un nuevo equilibrio internacional. Venecia volvió su vista al este, el Papado quedó cada vez más aislado y Florencia perdió definitivamente su importancia en la zona. Saboya, situada entre Francia y las posesiones de los Habsburgo en Italia, pasó a desempeñar un dominio cada vez mayor. El duque Víctor Amadeo II resultó victorioso y fortaleció su poder tras la guerra de Sucesión española. Los Tratados de Utrecht otorgaron Sicilia al duque, que él cedió a Austria en 1720 a cambio de Cerdeña. También mediante dichos tratados las posesiones de España en Italia fueron transferidas al Sacro Imperio, que dominó la península Itálica durante casi toda la segunda mitad del siglo XVIII.

6.2.1  El periodo napoleónico

En 1796 Napoleón Bonaparte, que más tarde sería emperador de Francia, invadió Italia. Como consecuencia de sus conquistas, el Tratado de Campoformio (1797) establecía la creación de la República Cisalpina, con Milán como capital, y la República Ligur, con capital en Génova. Posteriormente, la República Cispadana (Reggio, Módena y Bolonia) quedó incorporada a la República Cisalpina. Además, Venecia y su territorio pasó a ser una posesión de Austria. En 1805, Napoleón fue coronado rey de Italia en Milán. Al año siguiente se hizo con el reino de Nápoles, sin embargo no pudo conquistar la isla de Sicilia que la flota inglesa defendió para sus soberanos Borbones. El reino de Nápoles fue entregado primero a José Bonaparte, hermano de Napoleón, y más tarde a su cuñado Joachim Murat. En 1810, toda la península, incluida Roma, estaba bajo el control del Imperio francés.

El dominio de Napoléon sobre Italia empezó a debilitarse tras la derrota sufrida por el emperador en Leipzig (1813) que siguió a la invasión del norte de Italia por Austria y la ocupación de Génova por la flota inglesa. El Congreso de Viena (1814-1815) devolvió a Austria el control del reino de Lombardia-Venecia, le otorgó Trentino, Istria, Trieste y Venecia Julia, y le permitió gobernar por medio de su dinastía en Toscana, Módena y Parma. Sólo el reino de Piamonte-Cerdeña, el de Nápoles y los Estados Pontificios mantuvieron la independencia política.

6.3  El Risorgimento

La cada vez mayor oposición de los italianos al dominio austriaco se manifestó en un sentimiento cada vez más fuerte en favor de la unidad nacional y la independencia, cuyo primer síntoma fue el nacimiento de una red de sociedades secretas, en especial las que integraban el movimiento denominado carbonarismo, surgido en el sur de Italia, que desempeñaron un papel de vital importancia en el transcurso de las revoluciones de 1820, fuertemente reprimidas por Austria.

6.3.1  Los movimientos nacionalistas

La revolución de julio de 1830, que provocó el derrocamiento de Carlos X en Francia, tuvo gran repercusión en Italia. En 1831 estallaron insurrecciones en los Estados Pontificios. Representantes de diversas regiones, excepto de Roma y unas pocas ciudades fronterizas con Ancona, se reunieron en Bolonia y acordaron el establecimiento de la república como forma de gobierno. El papa Gregorio XVI pidió ayuda a Austria para sofocar el movimiento revolucionario en los dominios papales y la ciudad fue puesta bajo control militar.

Tras la muerte del rey Carlos Félix de Cerdeña (1831), ocupó el trono Carlos Alberto, que prometió al pueblo una constitución. Giuseppe Mazzini, que creía en el talante liberal del príncipe Carlos Alberto, animó al nuevo rey a que emprendiera la misión de liberar Italia. El rey encarceló a Mazzini, a pesar de lo cual los patriotas italianos siguieron viendo en el monarca el líder del movimiento.

Desde su exilio en Marsella, Mazzini fundó en 1831 una organización llamada Joven Italia para difundir el sentimiento nacionalista y republicano entre los italianos. El hecho de que los levantamientos fueran siempre reprimidos provocó que parte de los italianos se cuestionaran el uso de métodos radicales y empezaran a pensar que debería ser otro tipo de líder el que dirigiera la causa nacionalista.

El movimiento neogüelfista pretendía el establecimiento de un nuevo orden en que el papa sería a un tiempo el dirigente político y religioso de Italia. En 1846, la elección del papa Pío IX animó a los seguidores de los movimientos nacionalista y neogüelfista, que veían en el nuevo pontífice un hombre de talante liberal y partidario del proceso unificador italiano. Pío IX, puso inmediatamente en marcha un extenso programa de reformas en los Estados Pontificios: amnistía para los presos políticos, retorno de los exiliados, libertad de expresión, acceso de los seglares a los órganos de gobierno y la creación de una órgano de consulta encargado de sugerir nuevas reformas. El ejemplo del papa fue seguido por los gobernantes de Lucca, Toscana y Piamonte. No obstante, las reformas de 1846 y 1847, lejos de apaciguar el movimiento revolucionario, lo intensificaron. En enero de 1848 el pueblo de Palermo expulsó al ejército de Fernando II, rey de las Dos Sicilias, que, en respuesta al estallido de revoluciones en el continente, prometió a sus súbditos una constitución. A su vez, Leopoldo II, gran duque de Toscana, aprobó una constitución para su ducado. En Turín, el rey Carlos Alberto, por sugerencia de Camillo Benso, conde de Cavour, prometió también la aprobación de una constitución. Por su parte, el papa Pío IX, de mala gana, aceptó una constitución para los Estados Pontificios, aunque contemplaba el curso de los acontecimientos con preocupación.

6.3.2  Los movimientos revolucionarios de 1848

El estallido de la revolución en Viena en 1848, que acabó con el mandato del canciller austriaco Klemens de Metternich, fue el detonante de la revuelta que tuvo lugar el 18 de marzo en Milán. El 22 de marzo, el pueblo expulsaba de la ciudad a las tropas austriacas. En Venecia se repitieron los acontecimientos y fue proclamada la república. Los monarcas absolutistas de Parma y Módena se vieron obligados a abandonar sus tronos. En Piamonte, los nacionalistas instaban a una guerra de liberación para arrojar a los austriacos de Italia. Superadas las dudas iniciales, el rey Carlos Alberto marchó con su ejército en ayuda de Lombardía y se proclamó como el liberador de Italia. Sin embargo, las esperanzas del pueblo italiano se desvanecieron cuando a finales de abril Pío IX se negó a participar en la guerra. A mediados de mayo la revolución fracasó en Nápoles, y el 24 de julio los austriacos derrotaron a los piamonteses. Un armisticio, contra el que se manifestó más tarde el rey Carlos Alberto, permitió a los piamonteses abandonar Lombardía. El rey fue finalmente derrotado en la batalla de Novara en marzo de 1849, y después abdicó en favor de su hijo, Víctor Manuel II.

6.3.3  La revolución en Roma

Mientras tanto, Pío IX fue acusado por los elementos radicales de no haber dado su apoyo a la guerra en favor de la independencia. En Roma estalló una revuelta popular que obligó al Papa y a su más cercano consejero, el cardenal Giacomo Antonelli, a huir de la ciudad en noviembre de 1848. En su ausencia se proclamó la república. A principios del año 1849, el cardenal Antonelli pidió ayuda a las autoridades católicas de Francia, Austria, España y Nápoles para acabar con este régimen. A pesar de los esfuerzos de Mazzini, que estaba al frente del gobierno, y del líder militar Giuseppe Garibaldi, los austriacos atacaron desde el norte y los españoles y napolitanos desde el sur, permitiendo al ejército francés ocupar Roma en julio de 1848. De esta forma el poder papal fue restaurado.

6.3.4  Garibaldi y Cavour

El rey Víctor Manuel II se mantuvo fiel a la Constitución liberal que su padre había promulgado y a la bandera tricolor, símbolo de la Italia libre, con lo que propició que los refugiados políticos procedentes de los estados conservadores buscaran asilo político en Cerdeña. En 1852 Cavour se convirtió en primer ministro de Cerdeña y en 1855 hizo que el país participara, junto con Gran Bretaña y Francia, en la guerra de Crimea. En la conferencia de paz celebrada en París en 1856, Cavour, con la connivencia del emperador francés Napoleón III, presentó la cuestión italiana como un problema de carácter internacional. En 1858 mantuvo una reunión secreta con Napoleón para planear la ofensiva conjunta de Francia y Cerdeña contra Austria para liberar definitivamente Italia. La guerra estalló en 1859. La coalición franco-italiana ganó las batallas de Magenta y Solferino, no sin gran esfuerzo. Napoleón, temeroso de las consecuencias de embarcarse en una larga guerra, abandonó a los italianos y firmó, en julio de 1859, un preacuerdo con los austriacos sin la participación de Cerdeña. Después, esta aceptó los términos del Tratado de Zurich: Austria cedió casi toda Lombardía a Francia, que a su vez cedió las ciudades lombardas de Peschiera y Mantua a Cerdeña. En varios lugares se estaba preparando el terreno para la unificación italiana. Una serie de plebiscitos celebrados en 1860 pusieron de manifiesto el deseo de los habitantes de la Romaña y de los ducados de Parma y Módena de unirse a Cerdeña. Francia obtuvo, según lo acordado en el Tratado de Turín, las regiones de Niza y Saboya. En abril de 1860, estalló en Palermo una nueva revuelta contra Francisco II, rey de las Dos Sicilias. En mayo, Garibaldi, con la ayuda secreta de Cavour, dirigió una expedición contra Génova en apoyo de la revuelta siciliana. Garibaldi se hizo con el control en Sicilia y en agosto atacó tierras napolitanas, para acabar entrando en la misma ciudad de Nápoles el 7 de septiembre. Francisco II se refugió en una fortaleza de Gaeta. El gobierno de Cerdeña, mientras simpatizó con la causa de Garibaldi, se mantuvo en una posición neutral; sin embargo, cuando este amenazó con atacar Roma, que estaba protegida por los franceses, se alarmó. Con el permiso de Napoleón III, Cavour trasladó sus tropas a los Estados Pontificios en un intento de bloquear el avance de Garibaldi. Finalmente, Cerdeña se hizo con casi la totalidad de los Estados Pontificios dejando al papa sólo la posesión de Roma y sus inmediaciones. Mientras tanto, se celebraron plebiscitos en Nápoles y Sicilia, así como en las zonas fronterizas y Umbría, todos ellos con resultado favorable a la unión con el reino de Piamonte-Cerdeña, que desde la primera mitad de 1860 había pasado a denominarse Reino de Italia del Norte.

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